Blogger Template by Blogcrowds

Los Hermanos Potter y el Secreto de la Cámara

Capítulo 08: Navidad (II)

- Oye, ¿esto no está un poco más siniestro de lo normal? - susurró Paul a Albus, mientras ambos seguían a James hacia los primeros pupitres.

Albus asintió. Estaba acostumbrado a entrar en esa aula, que siempre le había parecido más siniestra que las demás, en un ambiente relativamente animado, con sus compañeros parloteando y haciendo ruido. Ese día, con tan poca gente, aquello casi daba miedo. O sin el casi…

En total, siete alumnos esperaban al profesor Von Trussle; ellos tres, una chica de Ravenclaw de la edad de James y tres chicos mayores (de quinto o sexto, calculó Albus), dos de ellos de Gryffindor y el tercero de Hufflepuff. Al parecer, eran amigos, porque los tres estaban sentados juntos, charlando. La chica estaba sola, en la segunda fila, detrás de James, y tenía la nariz metida en un libro.

- ¿Sabéis de qué va a ir la clase exactamente? - oyó Albus que comentaba uno de ellos.

- Ni idea, pero por el nombre y porque esto lo lleva Von Trussle, me da que vamos a escuchar unas cuantas buenas historias de miedo.

- Bah, tampoco será para tanto, si permiten que estén los de pequeños.

James se volvió, ofendido por ser considerado “pequeño”. Albus estaba más preocupado por lo de las historias de miedo. No era tu temática favorita, precisamente. Von Trussle llegó en ese momento y todos se sentaron y guardaron silencio. La chica de Ravenclaw cerró su libro.

- Buenos días a todos - saludó el profesor, mirándolos uno por uno - Me alegro de verles… a todos. Si alguno es especialmente… sensible, le recomiendo que salga ahora mismo por esa puerta. El mundo mágico está repleto de historias para no dormir.

Ante esas palabras, Albus estuvo a punto de levantarse y salir. Pero sabía que daba lo mismo: James le repetiría cada una de esas historias palabra por palabra.

- Estoy seguro de que algunos de ustedes ya han oído hablar de alguna leyenda de las muchas que se cuentan. ¿Alguien tiene una predilección especial para empezar?

- ¡La historia de la Dama Gris! - exclamó el chico de Hufflepuff. Nadie en el colegio conocía esa historia, pero se rumoreaba que estaba relacionada con el Barón Sanguinario.

- ¡La del fantasma del lago! - dijo uno de los Gryffindors

- ¡No, mejor la del devoraunicornios! - apostilló el otro.

Albus volvió a plantearse lo de salir.

- La de la Cámara de los Secretos.

Todos, Von Trussle incluidos, clavaron la mirada sobre la chica de Ravenclaw. El profesor entornó los ojos. Aquella historia, si es que merecía ese nombre, estaba vetada, por decirlo de alguna forma. Von Trussle no había sido alumno del colegio, pero había oído los rumores sobre esa historia. Sin embargo, todos los profesores que sí habían sido alumnos o llevaban ya muchos años dando clase afirmaban que tal historia carecía de cualquier fundamento.

- Esa historia es tan absurda que ni siquiera merece ese nombre - comentó el profesor, e inició el relato sobre el denominado devoraunicornios, que borró de la mente de todos la mención de la Cámara de los Secretos. De todos, menos de James y Albus.

Para cuando terminó la sesión, Albus estaba más que seguro de que no iba a poder dormir esa noche. Que a la hora de comer el techo encantado del Gran Comedor mostrara la típica tormenta de película de terror no ayudó. James recorrió la gran sala con la mirada, buscando a alguien.

- ¿Dónde se habrá metido…?

- ¿Quién?

- Loony, ¿quién va a ser?

- ¿Loony? ¿Tu conejo de peluche no se llamaba Flipy?

Albus se ganó una colleja por eso.

- ¡La chica de Ravenclaw, burro!

La niña no estaba por ninguna parte, por lo que supusieron que, o bien no tenía hambre, o bien había preferido comer en otro sitio. James parecía frustrado. Albus y Paul hicieron un par de bromas sobre el interés que James tenía por la chica, ganándose un par de patadas.

Después de comer, bajaron a las mazmorras. La clase de Pociones tenía un ambiente mucho más acogedor que la de Defensa Contra las Artes Oscuras: la profesora Taylor había decorado el aula con adornos navideños y varias pociones burbujeaban alegremente en sus calderos. Albus calculó que al menos tres cuartas partes de los alumnos que pasaban la Navidad en el castillo debían estar allí. La clase estaba prácticamente llena.

- ¡Hola a todos! Caray, cuánta gente… - saludó la profesora Taylor alegremente - Por favor, poneos por grupos, no importa de cuántas personas, pero que todo el mundo tenga acceso a los calderos, por favor. Hoy vamos a preparar algunas pociones muy divertidas. Son estupendas para animar fiestas o para gastar bromas. Pero más vale que no pille yo a nadie utilizándolas, porque os juro que lo convierto en caldo - amenazó, mirando directamente a James, que puso su famosa cara de angelito.

Prepararon pociones de fuegos artificiales, de burbujas, de humo, de la risa… fue una tarde realmente divertida, tanto que todos se olvidaron del reloj y estuvieron a punto de llegar tarde a la cena.

- ¡Ha sido genial! - comentó Paul, mientras se los tres se sentaban a cenar - ¡Seguro que a mi hermana le encanta la poción de fuegos artificiales!

- ¿Tienes una hermana? - preguntó Albus.

- Sí, June, tiene seis años.

- Yo también tengo una hermana, Lily. Bueno, ya te habré hablado de ella alguna vez. Vendrá el año que viene.

James, que no participaba en la conversación, se levantó.

- Ahora vengo - y sin dar más explicaciones, se fue hacia la mesa de Ravenclaw, donde unos diez alumnos cenaban. Albus y Paul intercambiaron una mirada, un poco desconcertados. Vieron al pelinegro dirigirse hacia una persona, la niña de la clase de Defensa, que estaba sentada junto a un chico, algo apartados del resto.

- ¿Tienes un momento? - preguntó James, sentándose sin ser invitado.

- No - respondió el chico.

- No te preguntaba a ti, le preguntaba a ella.

El chico abrió la boca para responder, pero la chica le puso una mano en el brazo y se volvió hacia James.

- ¿Qué quieres?

- La Camára de los Secretos.

- ¿Sí?

- ¿Qué sabes sobre ella?

La niña lo miró, intentando decidir si le contestaba o no. Decidió que sí.

- Según dicen, Salazar Slytherin construyó una cámara, que sólo él conocía. En ella encerró un monstruo, un monstruo destinado a acabar con los nacidos de muggle. Nadie sabe dónde está esa cámara, ni lo que contiene.

- Entonces… ¿hay un monstruo durmiendo en algún lugar del castillo?

La niña se encogió de hombros.

- Quién sabe. Pero de todas formas, no hay de qué preocuparse. Sólo un Slytherin o uno de sus herederos podría abrir la Cámara y liberar al monstruo, y no queda ningún descendiente vivo.

A James le pareció una historia bastante inofensiva.

- ¿Y por qué nadie habla de ello? No parece la gran cosa.

- Dicen que la Cámara se ha abierto dos veces, la última hace unos veinte o treinta años. Pero todos los adultos dicen que eso no puede ser.

James le dio las gracias y volvió a su mesa, pensativo.

- ¿Qué, habéis quedado? - le preguntó Albus.

- ¡Cállate!

Los días pasaban perezosamente, y la víspera de Navidad no parecía llegar nunca. Con casi todos los alumnos y bastantes profesores fuera, había muchas horas en las que no se podía hacer nada. Para colmo, James parecía extrañamente obsesionado con Hogwarts, Una Historia, un libro que su tía Hermione les había regalado a todos con motivo de su entrada en el colegio. Albus enseñó a Paul a jugar al ajedrez, para así entretenerse.

Por fin llegó la víspera de Navidad. Esa tarde, Albus entabló en una pequeña lucha. Una pequeña lucha contra una enorme guirnalda plateada. Iba ganando la guirnalda. El pelirrojo resoplaba, planteándose cortar el dichoso adorno en dos, mientras su hermano se reía al verle peleándose. La guirnalda debía tener vida propia o algo, porque parecía decidida a estrangular al niño.

- Espera… ¡estate quieto! - pidió Paul, acudiendo en su ayuda. Finalmente, con ayuda de castaño, Albus pudo vencer a la maldita guirnalda.

- Gracias. Esa cosa casi me asfixia.

- Te pasa lo mismo con todas las guirnaldas, Al, no le eches la culpa a esa pobre - dijo James, entre carcajadas.

- Gracias por la ayuda, hermano.

- Tienes que aprender a resolver tus problemas por ti mismo.

James volvió a la madeja que tenía entre manos, intentando separar una maraña de guirnaldas y adornos similares.

- No soy yo el que lleva media hora jugando como si fuera un gato - replicó Albus, mirando el ovillo de decoraciones que su hermano tenía delante.

- Ya, pero al menos a mi no me atacan.

Albus le sacó la lengua y, cogiendo la guirnalda rebelde, de volvió hacia el árbol de Navidad de Slytherin, que su hermano y él estaban decorando.

- ¿Por qué no lo hacéis con magia? - preguntó Paul, extrañado.

- Porque es más divertido hacerlo “a la muggle” - respondió James.

- Mi padre fue criado por muggles, y tenemos muchos amigos que son de origen muggle o directamente muggles - añadió Albus - El tío Dudley, por ejemplo. O la tía Hermione, ella es bruja, pero sus padres son muggles y muchas veces el tío Ron tiene que recordarle que lo puede hacer con magia.

- Nuestro padre dice que depender de la magia nos hace más débiles - continuó James - Así que, antes de dejarnos hacer algo con magia, primero nos hace hacerlo sin ella… o tenemos que demostrar que sin magia es imposible hacerlo.

- Pues mi tía diría todo lo contrario, ella cree que la magia nos hace más fuertes - reflexionó Paul.

- ¿Sí? Qué raro, ¿no? - Albus, debido a su edad y a cómo lo habían educado, no entendió el verdadero significado del pensamiento de la tía de Paul. Tampoco James o Paul lo entendían como era, pues, por fortuna para estos niños, los tiempos en los que algunos defendían abiertamente ideas sobre la superioridad o pureza de unos respecto a otros estaban ya pasados (al menos aparentemente) y ya nadie defendía esas posturas abiertamente.

- Cada uno puede pensar lo que quiera, supongo - James se encogió de hombros y le pasó a su hermano un par de adornos. Luego hizo lo mismo con Paul - Bueno, ¿nos vas a ayudar o te vas a quedar mirando?

Los tres niños pasaron un buen rato entretenidos decorando el árbol. Paul tuvo que reconocer que los Potter tenían razón, era mucho más divertido hacerlo sin magia, aunque las cosas costaban un poquito más. Pero era mucho más gratificante ir viendo cómo avanzaba el trabajo.

- Vaya, ¡qué árbol tan bonito! - alabó una voz alegre. Los chicos se asomaron entre las ramas y vieron a la profesora Taylor, vestida con ropa de estilo muggle, mirando el árbol risueña - ¿Hay alguna razón especial por la que lo estáis haciendo sin magia?

- Es más divertido así - respondió Albus, sonriendo a la que era su profesora favorita. Taylor era una profesora joven y simpática, siempre sonriente, comprensiva y agradable con los alumnos, aunque tenía fama de ser muy dura cuando la enfadaban. Pero Albus nunca la había visto enfadarse, es más, prácticamente todos estaban encantados con ella y no tenían ni querían darle razones para enfadarla. Se rumoreaba que sólo James y Scorpius habían conseguido sacarla de sus casillas, pero cuando alguien les preguntaba, los chicos cambiaban de tema.

- Y más gratificante - añadió Paul, mirando orgulloso los adornos que había colocado.

- Seguro que sí. A veces tengo la impresión de que la magia está sobrevalorada, ¿vosotros no? Pero me temo que no vais a poder poner esa bonita serpiente en la punta sin magia… - Taylor cogió un adorno en forma de serpiente, pensado para colocarse en lo más alto del árbol. Todas las casas tenían un adorno con el animal correspondiente - No, Potter, no pienso daros permiso para coger una escalera o levitar o volar con la escoba - añadió, anticipándose a la petición del pelinegro.

- Siempre le quita la diversión a todo, profesora.

- Ya sabes que me encanta aguar las fiestas.

- Por cierto, ¿por qué va vestida como una muggle?

La profesora Taylor llevaba una falda por encima de la rodilla roja y verde y una blusa blanca, con un chaleco a juego con la falda.

- En realidad, compré esto en una tienda de moda mágica, pero parece muggle, ¿verdad? Ahora está de moda la ropa de este estilo, ya veremos lo que dura.

- ¿Le interesa la moda?

- La que me sienta bien, sí. Y esto me sienta muy bien, ¿no creéis?

Los tres niños la miraron, notando como se les encendían un poquito las mejillas.

- Estás preciosa.

El profesor Von Trussle y la profesora Redbolt se unieron al pequeño grupo. Ella llevaba una caja de cartón.

- Ya ha llegado lo que encargamos - anunció, con una sonrisa traviesa, entregándole la caja a la profesora Taylor.

- ¡Genial! Chicos, cerrad los ojos.

- ¿Por qué? - Von Trussle frunció el ceño, desconfiado.

- Porque os lo pido yo. Venga…

Sin fiarse mucho, todos cerraron los ojos, y notaron que les ponían algo en la cabeza.

- Listo, ya podéis mirar.

A James se le escapó una sonora carcajada. Albus y Paul estaban un poco sorprendidos, y para cuando reaccionaron, Von Trussle les dirigía una mirada tan amenazadora que la risa se les fue. Mirada que, por otra parte, no pareció afectar a James (ya estaba acostumbrado), por lo que lo máximo que hizo fue intentar contener la risa con sus manos al recibir un codazo de su hermano. También las profesoras mal disimulaban sus risitas.

- Joanna-qué-demonios-significa-esto - masculló el profesor Von Trussle, dirigiendo una mirada asesina a la profesora Taylor.

- Un pequeño adorno navideño - respondió ésta, alargando la mano para juguetear con él - ¿No son adorables?

Los niños intercambiaron una mirada. Todos ellos llevaban algún tipo de adorno: Albus y Paul llevaban gorros de Santa Claus; James y Von Trussle, diademas con cuernos de reno. James agitó la cabeza, aún riendo, y un par de cascabeles sonaron.

- Estáis monísimos - comentó la profesora Redbolt, poniéndose también una diadema de reno, mientras la profesora Taylor se ponía un gorro.

- Terminad con el árbol, chicos, os está quedando muy bonito. Nosotros nos vamos a terminar nuestras tareas. ¡Nos vemos esta noche! - la profesora Taylor cogió del brazo a Von Trussle y lo arrastró hacia la puerta, seguidos por la profesora Redbolt - Ni se te ocurra quitártelo, o le hago un encantamiento de presencia permanente - amenazó, mientras se iban.

- Esa mujer está loca - comentó James, pasados unos segundos.

Los chicos retomaron la decoración del árbol. Cuando terminaron, se alejaron unos pasos para admirarlo. Los tres coincidieron en que había quedado muy bonito, de hecho, era el más bonito de todos.

- Bueno, venga - dijo James, tomando por los hombros a los otros dos - vamos a ponernos guapos para esta noche.

La cena de Navidad fue espléndida, aunque Albus hubiese cambiado toda la comida y los adornos por poder estar con su familia. De todas formas, había un ambiente tan alegre que resultaba imposible no contagiarse. En lugar de estar sentados en las mesas de siempre, se había puesto una gran mesa que alumnos y profesores compartieron, todos con los gorritos o los cuernos que las profesoras Taylor y Redbolt habían repartido. Ésta última llevaba una cámara con la que sacaba fotos de todo el mundo, prometiendo que las tendrían cuando el curso se reanudara. El director Neville se había disfrazado de Papá Noel, con barba incluida, y al finalizar la cena repartió un paquetito a cada alumno, que estaba lleno de todo tipo de cucherias.

Los chicos volvieron a la Sala Común contentos y con un poco de dolor de tripa, por la cantidad de dulces que habían comido.

- Se me ocurre una idea - dijo James, cuando ya estaban a punto de irse a dormir - ¿Por qué no sacamos los colchones y dormimos juntos en la sala común?

- ¿No nos meteremos en algún lio?

- No creo, estamos solos, no vamos a molestar a nadie. Mientras los volvamos a poner en el sitio…

Albus y Paul aceptaron, pues parecía divertido y, aunque la cena les había dejado algo somnolientos, ninguno quería irse a dormir. Entre los tres sacaron los colchones y las mantas y los dispusieron junto a la chimenea, que era la única luz que quedaba encendida. Aquello se parecía bastante a las acampadas que hacían con sus primos en el jardín de los abuelos. Claro, que a cubierto y con bastante menos gente.

Los gritos de James despertaron a los dos niños.

- ¡Venga, arriba, que hay que abrir los regalos!

Tres montones de regalos se agolpaban junto a los colchones. James ya los había abierto casi todos, y lo que había sido su cama era ahora un caos de papel de regalo y mantas.

- ¡Mira lo que me han enviado Cory y Lisse! - exclamó, poniéndole a su hermano un libro de color verde. Albus alcanzó a leer algo sobre Quidditch - ¡y me lo han dedicado! Tú también tienes un regalo - añadió, señalando la pila del pelirrojo.

Efectivamente, un delicado papel de color verde oscuro, envuelto con una cinta plateada, llevaba su nombre. En lugar de tarjeta, iba acompañado por una bonita postal con un paisaje nevado. Albus reconoció la letra de Lisse, que le deseaba una muy feliz navidad y esperaba que le gustase su regalo. Albus lo abrió y se encontró otro libro, en cuyas primeras páginas había una dedicatoria escrita por Lisse y firmada por los dos hermanos.

- Espero que a ellos les hayan gustado las pociones - comentó James, mientras se ponía el jersey Weasley que le había enviado su abuela - les envié la mitad de las pociones que hicimos con Taylor, de parte de los dos - explicó, ante la mirada interrogativa de su hermano - la otra mitad se la envié a Lily.

Albus se sintió aliviado. Como nunca había pasado las Navidades lejos de su familia, se había olvidado de los regalos.

Terminaron de abrir los paquetes, lanzando exclamaciones de alegría. Además del regalo de Lisse, que resultó ser un fabuloso libro sobre las serpientes (la niña sabía que era el animal favorito de Albus), el pelirrojo recibió el clásico jersey Weasley, un montón de chucherías, tarjetas de parte de todos sus primos y una nota de su madre donde le prometía que, cuando terminase el curso, tres nuevos videojuegos le estarían esperando.

James, además del jersey y el libro de Quidditch, recibió también chucherías y unos preciosos guantes para jugar al Quidditch.

Como Paul también había recibido una buena cantidad de dulces, los chicos decidieron desayunar en la sala común y empezar a disfrutar de sus regalos.

Los días volvieron a pasar muy lentamente, pero por fin llegó el día en el que el resto de alumnos regresaron. Lisse saludó a su amigo con un fuerte abrazo. Ella y su hermano se pasaron lo que quedaba del día contando su viaje, incluida una espectacular caída de la niña al esquiar, que hizo que los demás lloraran de la risa.

Making Of:

- Hay más versiones de este puto capítulo que interpretaciones de la Biblia ¬¬ Me ha costado más escribirlo que parir un hijo. Embarazo incluido. Creo que lo odio. Mucho.

- No sé si será el odio que le tengo, pero este me parece el peor capítulo con diferencia. Juro que he intentado hacerlo mejor, pero no había manera. Lo siento, pero así se queda.

- El libro que recibe James es Quidditch a través de los tiempos (neh, seguro que más de uno se ha dado cuenta XD)

Entradas más recientes Entradas antiguas Página principal